Finalizada la conquista, los valles del oeste y suroeste de la isla quedaron despoblados. Sus tierras, por la lejanía y pobreza, quedaron con el tiempo como propiedad de la Corona. Públicamente eran aprovechadas para pastos, maderas y leñas, pero no podían ser roturadas sin el permiso correspondiente.

 

 

     Muchos pastores del lugar combinarían su tradicional trabajo con las faenas agrícolas manteniendo vivas las viejas costumbres. Verneau nos dice al respecto que «el agua no es rara en esta región, y a pesar de lo accidentado del terreno se encuentran algunas aldeas pequeñas antes de llegar a Mogán.»

 

 

     «Son sobre todo, quienes recorren este lugar, donde se han establecido muy pocos europeos. No es raro encontrar individuos que presentan, muy acusado, el tipo de los primeros habitantes, de quienes también han conservado las costumbres». Una de éstas aldeas que nombra Verneau debe ser Tasarte, donde cada 25 de junio aparece en su programa de fiestas un acto único, una exhibición de bajadas espectaculares que hacen sus pastores desde los altos riscos hasta el fondo de los barrancos en cuestión de minutos, gracias a la ayuda del garrote.

 

 

     «Estos habitantes de las cuevas y despoblados llevan siempre consigo todo su menaje: el zurrón a la espalda; dentro gofio, queso, la gaveta de madera y una cáscara grande de lapa. El cuchillo al cinto y la lanza, que debe tener cuatro varas y tercia, rematando en una punta de hierro o contera y entre el hierro y el palo un anillo de tres dedos de ancho de suela. La lanza es de pino bien pulida. Con este instrumento saltan alturas de quince varas con la mayor facilidad. Desde cualquier risco se tiran con la lanza fuertemente empuñada en la parte alta y cuando se afirman al regatón en el suelo se dejan correr por ella hasta que la mano se detiene en la suela, y repitiendo la operación con una agilidad y rapidez extraordinaria bajan a profundos barrancos en pocos segundos».

     Esta descripción de hace aproximadamente un siglo es válida en casi toda su dimensión para muchos pastores de esta comarca donde la silueta del perro, zurrón y garrote se perfila como la inseparable imagen de los ganados de cabras que se esparcen por nuestros riscos. Todavía el garrote es el compañero indispensable del pastor, el arte y habilidad en utilizarlo es una necesidad imperiosa si el pastor quiere vencer las enormes dificultades que la orografía de esta zona le presenta. 

 

 

     Como a muchas de nuestras ancestrales costumbres, el tiempo las ha ido difuminando, y ya el salto del garrote, como exhibición, sólo se hace en Tasarte y en algunas islas occidentales.

 

 

     El proceso de construcción de estas lanzas desde la selección de la madera, limpieza, alisamiento con sebo para el perfecto deslizamiento, el cimbreo, hasta la selección y acondicionamiento de la punta de hierro es una labor artesana que ya pocos la saben.

 

 

 

     La curiosidad de ver el descenso de un pastor ayudado por su garrote desde fuertes planos inclinados, clavando certeramente el regatón o punta de hierro entre estrechos andenes y con admirable precisión deslizarse por el garrote, una y otra vez, para en pocos minutos descender al fondo de los barrancos es un espectáculo realmente incalificable; pero queda como simple curiosidad.

 

 

     Lo importante es potenciarlo ya que es uno de los aspectos más representativos de la destreza que, según los historiadores hicieron gala nuestros antepasados prehispánicos, costumbre que generación tras generación ha llegado hasta nosotros, que no se pierda.

 

 

     Esta información es un extracto de una noticia que apareció en el semanal “Canarias 7”, el sábado 25 de junio de 1983 y que fue redactada por D. Francisco Suárez.

 

 

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